La luna de miel de Nintendo Switch

Análisis de Super Mario Odyssey

Por HEYT el

Hablar de Mario es, inevitablemente, echar la vista atrás. Hace más de 30 años que este bigotudo acróbata nos acompaña con sus aventuras de consola en consola. Más de 20 desde que diera un salto literal a las tres dimensiones. Y, aunque su última gran aventura, Super Mario Odyssey, trata de recuperar el espíritu novedoso y enérgico, lleno de curiosidad y descubirmientos que muchos encontramos en Super Mario 64, este nuevo juego de acción y plataformas va más allá en su celebración de una saga que bien podría culminar con este título.

El entusiasmo que destila Odyssey bien podría hacernos pensar que es un juego festivo, que realmente es un regalo atrasado por el trigésimo aniversario del que posiblemente sea el mayor icono de los videojuegos. Pero no lo es. Simplemente el juego arrolla con la confianza con la que juega sus cartas.

 

Gran parte de ello es que, por mucho que haya tardado en volver el formato de Mario 64, Nintendo sigue teniéndolo bien fresco a la hora de ejecutar sus principios más básicos: amplios escenarios con varios objetivos que encienden nuestra curiosidad, diversidad de situaciones sorprendentes y una amplia variedad de herramientas y movimientos para poder solucionarlas.

Es en esta última cuestión donde la influencia de Mario 64 es más clara, por no decir dominante: la aplastante mayoría de las acrobacias y saltos son los mismos y se realizan de la misma forma en Super Mario Odyssey que en 64.

Afortunadamente Nintendo va un paso más allá y no vive de rentas antiguas y trucos ya aprendidos. Odyssey presenta a un Mario aliado con un ser llamado Cappy, un inesperado compañero de viaje que adopta la forma de la icónica gorra del protagonista.

Cappy puede ser arrojado por Mario con multitud de propósitos. Uno de ellos es dar nuevo sentido a todos esos movimientos que muchos de nosotros ya conocemos desde hace décadas. Cappy puede mantenerse flotando frente a Mario actuando como plataforma abriendo las posibilidades del jugador de manera insospechada. Aprender el momento adecuado de lanzar a Cappy y cómo alcanzarlo para rebotar en él, saber alternar saltos normales con saltos desde una pared para poder reiniciar nuestras acciones y llegar más lejos, decidir qué movimientos encadenar para poder alcanzar el lugar deseado… todos estos factores y muchos otros son componentes de un arte que muchos jugadores llegarán a saborear para cuando los créditos asomen por la pantalla, pero que muchos llegarán a dominar mucho después de que eso pase. El gran diseño de niveles y la amplia disponiblidad de objetivos le dan al movimiento de Cappy y Mario cualidades profundamente adictivas y llenas de propósito.

Pero hasta que el jugador divise el final del juego y se aclimate a las insospechadas posibilidades de nuestros protagonistas, el juego ofrece muchas más formas de avivar nuestra imaginación y mantener nuestro interés en nuestro viaje de A a B. Cappy es de nuevo el gran canalizador, pues su habilidad más creativa, y en cierta medida espeluznante, consiste en introducir a Mario dentro de cuerpos ajenos para tomar su control.  Pocas cosas se libran: un goomba, una tapa de alcantarilla, una estatua moái… si no lleva puesto un sombrero, Mario seguramente pueda ponerle el suyo y acceder a habilidades y lugares únicos que nos exponen a retos, situaciones y posibilidades perfectamente pulidas y estudiadas para entretener, sorprender y, con mucha menos frecuencia, desafiar nuestra pericia.

Y es que claramente el gozo, la exploración y la experimentación han sido valores que han primado a la hora de diseñar los grandes niveles (apropiadamente llamados Reinos) y todo lo que se encuentra en ellos. Esto viene arropado por un cambio contundente en términos de cómo el juego mide el fracaso, eliminando por completo el sistema de vidas clásico y sustituyendo la penalización por la pérdida de una pequeña cantidad de monedas tras la que el jugador vuelve al último punto de control sin grandes trabas para que la partida continúe su cauce.

Las monedas serán solo uno de los tres coleccionables que podremos amasar en nuestro recorrido por los Reinos, siendo posiblemente el más abundante y el de menor importancia por mucho que tengan vigencia en todos los Reinos. Lo contrario ocurre con la segunda divisa, las monedas locales de color morado que solo pueden usarse en cada uno de los Reinos donde se encuentran. Y por último tenemos los grandes y únicos medidores de progreso en el juego: las Energilunas (o simplemente Lunas). Cabría esperar que fueran las más escasas y difíciles de conseguir, pero en nuestro tiempo de juego hemos encontrado más dificultad en hacernos con las monedas moradas que con las Lunas. Esto no se debe a un desajuste de diseño: Mario Odyssey es un juego excepcionalmente generoso con todo su contenido y se propone para ser jugado durante un largo periodo de tiempo mediante una sobreabundancia de Lunas que se obtienen de muchísimas formas posibles. Muchas de ellas bordean lo mundano o lo evidente, pero otras muchas plantean situaciones legítimamente interesantes, creativas y bien planteadas ya sea en el territorio clásico del juego de saltos, de la acción, los minijuegos o más allá. No es razonable esperar que todas las más de 800 lunas que vienen acompañadas de retos específicos que sean muy elaborados, aunque hay que reconocer que es cierto que empezar una partida y encontrar muchas lunas que no exigen mucho lleva a la primera impresión (equívoca) de que, en general, carecen de valor. Pero a medida que las lunas más sencillas van dando paso a propuestas más exigentes la idea se disipa. Si el jugador decide explotar al máximo cada uno de los Reinos que se abren a su paso encontrará gratamente una amplia variedad de propuestas desde el primer momento. Si por el contrario decidiese limitarse a cumplir los escasos dos centenares de lunas necesarios pasar rápidamente de un Reino a otro hasta ver el final, encontraría una experiencia de entre unas 15 y 20 horas. Sería un error hacerlo así, de todas formas, a pesar de que la campaña es plenamente satisfactoria, el juego se abre de verdad una vez acabada la campaña, poniendo la mayor parte de su contenido a disposición del jugador tentándole a continuar saltando y explorando durante horas, aumentando las opciones más y más a medida que nos hacemos con más Lunas en un ciclo retroalimentador que sería poco recomendable si el juego no fuera tan bueno.

Sabiendo que la magnitud de esta tarea bordea lo inabarcable ¿qué podría motivar a Mario y Cappy a embarcarse en este loco viaje?

El responsable, como no podía ser de otra forma, es Bowser, que en un órdago definitivo ha raptado a la Princesa Peach con la intención de contraer matrimonio con ella sin tener que pasar el filtro de la pedida de mano. Mario, que es lo más parecido a una orden de alejamiento que se le ocurrió a Nintendo, une fuerzas con Cappy, cuya hermana Tiara ha sido también secuestrada para formar parte del atuendo de boda de Peach. Su misión: evitar eque una mujer en primera línea de descendencia al trono contraiga matrimonio contra su voluntad. Ninguna monarquía se ha visto nunca en un brete de tal calibre. Un horror.

Y así, embarcándose en la nave sombreriforme que da nombre al juego, el dúo perseguirá a Bowser a través del mundo, alimentando su vehículo con las potentes Lunas mientras él intenta procurarse una boda de la máxima calidad sobre la marcha.

Bowser no está solo en su empresa: los broodals, unos conejos de aspecto elegante y variopinto que el villano ha contratado como sus planificadores nupciales se unen al elenco de jefes finales del juego que siguen el tropo clásico de la derrota por triple golpeo de su punto débil, aumentando su dificultad entre golpe y golpe, cuya ejecución requiere de un pequeño ritual de espera al momento adecuado. Las formas de derrotarlos pueden involucrar tomar posesión de otro cuerpo con Cappy pero generalmente esquivar sus ataques y esperar a la oportunidad es una simplificación algo exagerada pero no imprecisa de cómo estos encuentros se resuelven. Su gran atributo de redención es una excelente presentación y una duración muy comedida y adecuada a su dificultad. En conjunto, si bien no son el elemento estelar del juego, unos cuantos se unen al resto de grandes momentos que proporciona el juego, y en todo caso cualquiera de ellos sirve bien el propósito de romper el ritmo de exporación y plataformas con el clímax de rigor. Especial mención merecen los que están más integrados con el marcado carácter de cada fase.

Y es que la temática internacional del juego modela marcadamente todos sus aspectos estéticos procurando, además, sorprender ampliando la zona de confort del mundo del fontanero. Ya sea la ciudad de corte más realista y neoyorkina del Reino Urbano, los pobladores del marcadamente mejicano del Reino de las Arenas y su dosis de ruinas aztecas, o la interpretación ecléctica de la cocina mediterránea del Reino de los Fogones… Odyssey hace esfuerzos por hacer por Mario lo que hace por uno un viaje de verdad: ampliar tus horizontes y acostumbrarte (y eventualmente mezclarte y apreciar) lo que en un primer momento te parece desconocido, extraño o incomprensible.

Como en todo buen viaje hay souvenirs que llevarse a casa y es ahí donde entran en juego todas esas monedas que hemos ido recolectando entre salto y salto por medio globo. Las monedas normales nos permitirán comprar distintos ítems que nos ayudarán a progresar en el juego y también trajes en referencia a los Reinos que vayamos visitando, pero que están mucho más íntimamente relacionados con el pasado de Mario, pues muchos de ellos son ni más ni menos los que ha ido llevando en su larga trayectoria. Las monedas regionales nos permitirán hacernos con atuendos aún más suculentos así como elementos de personalización relativos a nuestras aventuras para nuestra nave Odyssey: pegatinas para el exterior, y trofeos y figuras para el interior. En conjunto, y teniendo en cuenta su progresiva ampliación, ya sea dentro de la historia como más allá en nuestra partida, una vez superado el juego principal, todo este contenido redondea una cantidad de obtenibles que enriquece el juego de manera excepcional. Siempre hay una Luna que coger, un traje que comprar. Todo se une en una mezcla de contenido, carácter y refinamiento que es difícil de ver con frecuencia.

Las imperfecciones de Odyssey también son infrecuentes y, como con todas las cosas están ahí. Sorprendentemente vienen por parte del control, pero no como podría esperarse.

 

Si bien Switch es una consola cuyo mayor atractivo es su versatilidad para jugarse como sobremesa o como portátil, hay juegos que por su naturaleza sufren o son simplemente injugables en un modo u otro. Mario Odyssey se coloca en el primer grupo debido a que algunos de los movimientos disponibles (la gran mayoría de ellos de poca importancia, pero no todos) se realizan mediante gestos con los joy-con, cosa que en modo portátil simplemente no es posible replicar. Este título se sitúa pues como una experiencia completa únicamente en sobremesa. Si bien en modo portátil el juego puede ser jugado y completado sin problemas, no es la experiencia óptima. Esto no sería reseñable si no fuera porque es algo completamente evitable dado que, sorprendentemente para un juego con esta profundidad, Odyssey se juega fundamentalmente con 3 botones y dos joystick, habiendo un gran espacio para otros comandos en el interfaz físico de la consola. Esperemos que esto pueda conducir a un parche con una solución en el futuro.

Afortunadamente Mario Odyssey logra superar esas trabas dando alas a nuestra imaginación con una combinación de niveles, acciones y contenido ejecutadas con refinamiento, valentía y una base que funcionó en el 96 y sigue funcionando hoy. ¿Puedo saltar hasta ahí? ¿Puedo transformarme en eso? ¿A dónde conduce esta puerta? Mario Odyssey hace que nos planteemos las preguntas que más nos impulsan a jugar para ofrecer siempre una gran respuesta. No redefine lo que pavimentó el camino hacia los juegos 3D hace 20 años, pero logra por los méritos de su propia calidad un sitio en el podio del género.

 

Super Mario Odyssey toma las bases de Super Mario 64 y las moderniza con la introducción de Cappy, un sombrero arrojadizo que no solo multiplica las posibilidades del conocido repertorio sino que abre nuevas y sorprendentes puertas permitiéndonos tomar control de enemigos y elementos del entorno para una experiencia de exploración, saltos y acción que solo se ven cada mucho tiempo. En su epopeya por impedir la boda de Bowser, Mario lleva al jugador en un sorprendente viaje alredor de un renovado mundo lleno de sorpresas y grandes momentos que no hacen más que empezar cuando terminan los créditos, gracias a un torrente de contenido y de calidad que lo hacen un imprescindible absoluto del género y una opción excelente para cualquiera en posesión de una Switch.

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